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Se ha presentado en el Colegio de Médicos de Madrid
09/03/2017 |  El libro "11 M. El honor de servir" destaca la calidad técnica y capacidad humana de los profesionales sanitarios que vivieron esa tragedia hace ahora 13 años


 

El 11 de marzo de 2004 se colocaron trece bombas en cuatro trenes. Diez artefactos estallaron en diez vagones llenos de gente inocente. Acabaron con la vida de 191 seres humanos, hirieron gravemente a 250 personas y con carácter moderado o leve a más de 1.200. Los hechos constituyeron la mayor catástrofe sufrida por la ciudad de Madrid desde la Guerra Civil de 1936. 

Aunque se han escrito al menos cincuenta libros sobre el 11-M el Dr. D. Alfonso del Álamo, director de Emergencias Madrid en ese momento, ha querido aportar sus vivencias y emociones a través de “11M. El honor de servir”, que se ha presentado hoy en el Colegio de Médicos de Madrid.  Dice el autor en el prólogo que “aquel espantoso día forma parte de la historia de la ciudad y de España con el añadido que muy pocos acontecimientos poseen: la evocación de los mismos con sólo la cita de la fecha. Cuarenta millones de personas saben a ciencia cierta dónde estaban en aquellos momentos”.

El presidente del Colegio de Médicos de Madrid, el Dr. D. Miguel Ángel Sánchez Chillón, ha destacado “la labor de servicio de los médicos, sobre todo en las situaciones más críticas por los valores de voluntad, sacrificio, compromiso y, sobre todo, humanidad que nos definen”. Por su parte, el gerente del SUMMA 112 de la Comunidad de Madrid, el Dr.
D. Pablo Busca, ha destacado el importante espíritu de colaboración que tuvieron las distintas instituciones que actuaron frente al peor atentado sufrido en la ciudad de Madrid y ha puesto en valor la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad y de emergencia de la región.

El autor ha contado, en el libro publicado, cómo a las 8:15 horas de ese día 11 empezó a bajar las escaleras de la estación de Atocha y “la sensación de angustia provocada por la incomprensión del entorno”. Recuerda que, a pesar de haber vivido tragedias como el accidente del Aviocar en Bata, Guinea Ecuatorial en 1987 o el tsunami del Pacífico nicaragüense en 1992, se enfrentaba “no sólo a la muerte, ni siquiera a la violencia de la muerte: es la muerte fuera de lugar, ajena a la naturaleza”.

Según avanza el libro el Dr. D. Alfonso del Álamo reconocerá que no pensó en ningún momento en el peligro que pudiera correr él ya que “era más fuerte el miedo a no ser capaz de asumir mis obligaciones y responsabilidades, de no estar a la altura”. Sin embargo, el riesgo sobrevolaba en los andenes: “Me arranca de mis reflexiones la súbita consciencia, la nítida percepción, la certidumbre de estar en un escenario inseguro, de que en realidad no sé nada de lo que ha pasado aquí. Es evidente que se ha producido un ataque con bombas, pero ¿son las únicas posibles?”.

Posteriormente cuenta el traslado de los cadáveres a IFEMA así como de todas las familias y de cómo el papel del equipo que dirige era esencial: “…cómo vivan estas horas estas gentes atormentadas será decisivo para afrontar adecuadamente lo que será un duelo tan largo como doloroso”. 

Dolor colectivo y ejemplar comportamiento

Ahí es cuando siente miedo por “la carga de dolor colectivo, una densidad emocional que puede tornarse
agresiva en cualquier momento” y reflexiona “…el factor de éxito es liberar cuanto antes a estas personas de la incertidumbre”. Define, no obstante, su difícil labor con cierto dolor: “Nosotros, que nos denominábamos los ángeles de la vida, por una noche nos convertimos en los heraldos de la muerte” al tener que comunicar personalmente lo sucedido a cada persona a sus familias. 

Todo ello en un escenario de desconfianza y labilidad emocional: “Sabemos que todo lo que hagamos estará tamizado por el filtro permanente, absoluto, de la duda sospechosa, pero por otra parte somos lo único que tendrán, tanto para descargar su rabia como para depositar su esperanza. Tanto para huir de la realidad como para conseguir certezas, por desgarradoras que estas sean.”

El Dr. D. Alfonso del Álamo destaca con énfasis el ejemplar comportamiento de todas las personas que esperaban, familiares y amigos: “Se saben sujetos de idéntica tragedia y se contienen, cuidadosos, para no amplificar lo que cada cual sufre”. Y añade: “Este es un manantial de dolor, lleno de familias desgarradas, ansiosas, física y anímicamente destruidas, que una y otra vez me han mirado en silencio desde sus ojos enrojecidos, que ni han pedido nada ni se han quejado”. 

El honor de servir 

Cuando finalmente, tras 42 horas seguidas viviendo ese drama, sabe que su labor ha terminado reconoce
encontrarse “satisfecho de haber resistido… de no haber cedido ni al miedo ni a la debilidad”. Además, se siente “triste e impactado emocionalmente, pero no estoy chocado. He visto cosas que nunca imaginé que fuesen posibles en la vida real. He convivido durante horas con la mayor concentración de pena y pánico que se pueda concebir…Estoy completamente convencido de no sufrir un trauma duradero porque creo que he cumplido con mi deber, con el honor de servir”. 

Y destaca, sobre todo, la entrega de los profesionales que le rodearon esos días: “He tenido la oportunidad de trabajar con un grupo de personas extraordinarias que han demostrado una capacidad técnica tan grande como su calidad humana”. 


 

 
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